Retrat_Alejandro_Andujar-gran

El escenógrafo Alejandro Andújar también ha sido nominado

Alejandro Andújar parece un hombre contento. Es sólo una sensación por vía telefónica, pero que él mismo confirma. Tiene una razón sólida para estar feliz: es uno de los nominados a los premios Max, que distinguen a los mejores trabajos del año en el teatro español.

Nacido en Cáceres hace 29 años, Alejandro Andújar dejó atrás su ciudad natal con tan solo 18 años. Se fue a Madrid, y allí se licenció en Bellas Artes por la Universidad Complutense y en Escenografía por la Resad (Real Escuela Superior de Arte Dramático).

«Al terminar, durante dos años estuve trabajando en pequeñas producciones y con el doctorado», recuerda el artista. Hasta que apareció en su vida Gerardo Vera, una de las referencias en su carrera profesional. «Yo le había conocido en una producción del Teatro Real, y al entrar él como director del Centro Dramático Nacional, yo entré como vestuarista», cuenta Alejandro, que empezó a formarse desde pequeño.

Más info en: hoy

sol_picó

La bailarina alcoyana Sol Picó lleva a Roma «el flamenco más vanguardista»

La coreógrafa alcoyana Sol Picó participará en el Festival de Danza Equilibrio en Roma, al que acudirá con su espectáculo We Women para ofrecer «el flamenco más vanguardista», según explicó ayer en una entrevista.

«Que el público no se espere ver flamenco tradicional en mi coreografía, porque la música es flamenco pero el baile no. Es el flamenco más vanguardista, contemporáneo», señaló Picó.

La coreógrafa (Alcoy, 1967) presentará su espectáculo el 26 de febrero en el marco del festival de danza romano Equilibrio, presentado ayer y que se desarrollará entre el 9 y el 28 de febrero en el Auditorio Parco della Musica de la capital italiana.

Allí propondrá una representación titulada We Women que, señaló, «pone en valor el papel de las mujeres» y plantea «interrogantes sobre el mundo femenino».

Para ello, la coreógrafa estará acompañada sobre el escenario por otras tres bailarinas.

Más info en: Diario Información

pedro-casablanc

No quise que el ladrillo invadiera mi huerto.

Harto del asfalto, Pedro Casablanc (Sevilla, 1963), dejó su casa de la madrileña plaza de los Cubos, como popularmente se la conoce, para irse a Torrelodones, desde donde Madrid se divisa en la lejanía. En la plaza del Ayuntamiento de esta localidad no queda rastro del frenético ritmo de la capital. Sentados en una terraza que sirve de punto de encuentro nos dejamos envolver por la cálida luz anaranjada de finales del verano, que transmite tranquilidad. Desde allí, Pedro nos guía al lugar elegido para la foto, al otro lado de la carretera de La Coruña, a los pies de la «Torre de los Lodones», atalaya que da nombre al pueblo y se ha convertido en su símbolo, como refleja su escudo.

«Se llama así por los lodones», nos cuenta Pedro. Lodón es el nombre con el que también se conoce al almez, un árbol antaño muy abundante en esta zona ahora «reconquistada» por encinas, entre las que se abren paso jaras pringosas (Cistus ladanifer). Y es que estas tierras asistieron a la conquista musulmana y posterior reconquista, un dato anecdótico justo en este momento en que la serie en la que interviene Pedro Casablanc, interpretando al arzobispo Carrillo, «Isabel», inicia nueva temporada convertida ya en una de las favoritas de los telespectadores. La Torre de los Lodones se cree que fue construida entre los siglos IX y XI, como parte de una red de atalayas vigía que desde los montes de Guadarramapermitían otear las amplias llanuras de la antigua Castilla la Nueva en busca de enemigos.

Más info en: abc

Billete de opinion. Manuel-Reyes Mate Ruperez.
Profesor de Investigacion. Jefe Dpto. Filosofia Practica. Consejo Superior de investigaciones cientificas. Instituto de Filosofia.
Foto: © Carlos Carrion

Luis Villoro, ciudadano de Nepantla

Nepantla es un vocablo maya que significa estar en vilo o alerta o en suspense, y que Luis Villoro invocaba para designar el lugar de un pensamiento consciente de su papel social. Desde que formara parte del Grupo Hiperion (1948-1952), que agrupaba en México a jóvenes discípulos de José Gaos, Villoro tenía claro que un pensador responsable no podía hacer abstracción de su tiempo y espacio, pero tampoco perderse en particularismos casticistas. Él, nacido en Barcelona y de padres mexicanos, se sentía mexicano y también heredero de una Europa ilustrada que conocía como pocos. Uno de sus primeros libros, Los grandes momentos del indigenismo en México(1950), refleja bien esta tensión entre sus dos mundos.

Más info en El País